Ella grita.
Yo permanezco indiferente.
Ella grita más.
Solo un nudo en la garganta.
Sus gritos hacen eco en la casa.
Y el nudo me asfixia hasta que se me humedecen los ojos.
Es ahí, cuando bajo la mirada, porque no puedo permitir la
debilidad.
Porque no voy a permitir que ella vea cuanto me afecta.
Porque no voy a permitir que ella vea cuanto me afecta.
Ella para, y me amenaza.
Yo asiento.
Porque no sé qué más hacer.
Se va.
Y yo me quedo sola, de nuevo, con la impotencia y el nudo asfixiante
a punto de desatar un mar de lágrimas.
Pero no, llorar no es bueno.
Así que cierro los ojos y cuento hasta tres.
Después, sonrío.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario